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Diario de viaje: Rochefort-en-Terre. Bretaña (parte 2) - Francia

La primera mañana de mi viaje por la Bretaña francesa, la pasé en Rochefort-en-Terre: un pintoresco pueblecito que dista unos quince minutos en coche de Saint-Jacut-Les-Pins. No sabía qué esperar de este lugar;  aunque ahora puedo decir que me sorprendió gratamente hasta el punto de convertirse en uno de mis lugares favoritos de Bretaña.

Toda mi familia anfitriona me acompañó en esta escapada matutina por la rural localidad.
Lo que más me llamó la atención fue, sin duda, la arquitectura: las casas y edificios de piedra de, como mucho, un par de plantas dan un aspecto precioso a las calles que están perfectamente cuidadas. Más tarde, tras pasar por la oficina de turismo, me enteré de que Rochefort-en-Terre se ha ganado la distinción de Petite Cité de Caractère —en mi opinión, distinción totalmente merecida, pues conserva en perfecto estado su patrimonio arquitectónico—.

No es que sea muy conocido a nivel internacional, ya que todos los turistas con los que nos cruzamos eran franceses o, como mucho, algún que otro belga u alemán; pero fue precisamente en la oficina de turismo donde me encontré con que la guía que estaba en el mostrador era una estudiante española de intercambio de, más o menos, mi edad. Tras hablar un rato con ella y asegurarme de que podía recordar todas sus recomendaciones turísticas, inicié el camino de subida al castillo de Rochefort-en-Terre junto con mi familia anfitriona; no sin antes curiosear junto con Marie por varias tiendas y encontrarnos con algunos monumentos.

Los locales y comercios que visitamos vendían productos locales o artesanales; desde jabones y perfumes naturales hasta productos gastronómicos. En general, se pueden encontrar por todo el pueblo, aunque un gran número de comercios están situados entre Place du Puits y Place des Halles.











Callejeando por las angostas calles de subida al castillo, nos encontramos con Notre-Dame-le-la-Tronchaye, una curiosa iglesia ubicada por debajo de la ciudadela y construida en un terreno en cuesta.
Según la tradición popular, en la época de las invasiones normandas, un sacerdote escondió en el tronco de un árbol hueco una imagen de madera de la Virgen y el Niño, para ponerla a salvo de los saqueos de los invasores. Cuenta la leyenda que en el siglo XI, dos diglos después, una pastora encontró dicha imagen; por lo que se tomó la decisión de construir esta iglesia. Esta historia se cuenta en una de las vidrieras de Notre-Dame-le-la-Tronchaye.



En toda Bretaña típico decorar las calles y jardines con hortensias. La madre de Marie tiene predilección por estas flores y cada vez que veía alguna, toda la familia comentaba sobre ellas.



Finalmente, llegamos a la fortificación. El castillo comenzó a construirse en el siglo XII en una estribación rocosa que dio nombre tanto a la familia Rochefort como al lugar.
El castillo fue derruido y posteriormente reconstruido en numerosas ocasiones, hasta que el pintor americano Alfred Klots compró las ruinas y transformó las antiguas dependencias en una lujosa vivienda. Actualmente, los jardines pueden visitarse de forma gratuita siempre que el parque esté abierto.





Rochefort-en-Terre no es un lugar que se caracterice por la gran cantidad de museos que visitar, pero vale totalmente la pena visitarlo únicamente para perderse por sus calles engalanadas con numerosos adornos florales y que dan todavía mayor encanto al pintoresco pueblecito.

Tras la visita a los jardines del castillo, regresamos a casa hacia media mañana para comer todos juntos. En realidad, no eran más de las doce, pero la mayoría de los franceses bretones suelen comer sobre esta hora, por lo que tuve que acostumbrar a mi estómago a comer mucho más temprano de lo habitual.





Diario de viaje: La crête des Moulins. Bretaña (parte 1) - Francia

 El pasado 18 de julio cogí un avión con destino Nantes para pasar una semana de intercambio con una familia francesa en Bretaña. No era la primera vez que cogía un avión en solitario ni tampoco me viene de nuevas participar en viajes de intercambio; pero siempre es prácticamente inevitable no estar un tanto nerviosa por conocer cómo será la familia anfitriona. 
Esta vez, una de mis penpals, Marie, con la que había estado carteándome mediante correo postal —sí, todavía existe y me encanta— durante más de año y medio y su familia serían los anfitriones. 
La idea surgió en una de las cartas, cuando Marie me propuso visitar Valencia durante las vacaciones de verano. Así que decidimos hacer un intercambio de una semana de duración para conocernos, practicar idiomas y, al mismo tiempo, viajar. 

Una vez ya había bajado del avión, Marie, su padre y su hermana pequeña me estaban esperando en la cinta de equipajes. ¡Al fin nos habíamos conocido en persona tras tantas cartas, fotografías por diversas redes sociales y conversaciones de Skype!
Tan pronto como tuve mi equipaje conmigo, emprendimos el viaje en coche hacia su casa. Fue un trayecto largo, de casi dos horas, así que hacia las cuatro de la tarde llegamos a St Jacut Les Pins: un pequeño pueblecito de la Bretaña francesa del que no había oído hablar antes de cartearme con ella, pero que tiene cierto encanto. 

Una vez instalada en su casa y después de tomar algo rápido para comer, Marie y su hermana Emeline me llevaron a La crête des Moulins, a unos minutos andando campo a través de su casa. 

Se trata de una zona de la típica campaña francesa rodeada de pinos entre los cuales, en las pequeñas montañas más elevadas se encontraban cinco molinos de viento utilizados para moler el trigo. Actualmente, alguno que otro está derruido, pero todavía pueden verse la mayoría de ellos. Además, hay también un molino de agua que, aunque no tuve oportunidad de verlo, se puede visitar los domingos de julio y agosto. 
Aún así, desde los pies del molino hay unas vistas preciosas de St Jacut Les Pins, por lo que vale la pena pasear por esta ruta.




Por el sendero de la ruta, es fácil encontrar ardoise o tablillas de pizarra

En la pared de uno de los molinos hay una escultura en piedra de una pequeña ardilla

Vista de Saint Jacut Les Pins desde la ruta de los molinos


Foto del año de construcción del molino





Después de la ruta y al regresar a casa, pasamos la tarde viendo una película en 3D en francés; aunque antes pasamos por casa de la abuela de Marie (que vive justo en la casa de al lado, jardín con jardín) para presentármela. Debo reconocer que no fue tarea fácil entender completamente todos los diálogos, porque únicamente estudié francés dos años y hace bastante que no lo retomo; pero sí que pude seguir tanto la historia de la película como las conversaciones entendiendo varias palabras sueltas.
Al terminar la sesión de cine, la madre de Marie ya había llegado del trabajo y preparó una cena típica francesa para toda la familia.