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Miami para descansar

Aprender inglés en los Estados Unidos es una gran oportunidad para desarrollar completamente el idioma. Sin embargo, si asistes a una ciudad en donde el inglés no es el idioma dominante, todo no será como esperabas.




Un ejemplo de ellos es la ciudad de Miami a la que se puede ir a disfrutar de unas maravillosas vacaciones sin necesidad de dominar por completo el inglés. En esta ciudad domina el idioma español: esto se debe a la gran cantidad de inmigrantes de ascendencia latinoamericana que han llegado con el paso de los años.
Desde 1959, Miami se ha llenado de cubanos que escaparon del régimen castrista creando un espacio para todos ellos, conocido como Little Havana, que hoy en día se ha convertido en un punto turístico importante visitado por aquellos interesados en descubrir una nueva  cultura y gastronomía sin salir de los Estados Unidos.


Además de ciudadanos de origen cubano, Miami concentra grandes comunidades de otras nacionalidades; en su mayoría de habla hispana. De esta forma, tanto si vas de turismo como por estudios y no dominas el inglés a la perfección, no tendrás problema para comunicarte.
Por otra parte, si vas a otra de las ciudades de Florida, como Orlando o Fort Lauderdale, encontrarás que poco a poco el idioma va cambiando. En este caso puedes hacer un recorrido por todas las ciudades del estado e ir definiendo y practicando el idioma en un entorno diferente. En muchos casos, la vergüenza por no saber cómo pronunciar correctamente nos obliga a quedarnos en silencio, pero si recorres otros lugares deberás forzarte por intentar comunicarte e irás practicando poco a poco con las cosas más sencillas.


Una de las mejores opciones para desplazarte por las ciudades de Florida es alquilar un coche. Para esto, existen agencias de alquiler de coches especializadas. Agencias como Viajemos.com,  que te brindarán un servicio bilingüe para que puedas escoger la opción que más se ajuste a tus necesidades y obtengas un coche que mejor se adapte a tus preferencias por tanto tiempo como desees.

¿Por qué debes aprender inglés en el extranjero?



Aprender inglés puede suponer todo un reto, pero os aseguro que es una de las decisiones más gratificantes que he tomado en mi vida. Aún así, no voy a negar que hubo un momento en el que comencé a darme cuenta de que por más que estudiaba, mi nivel de inglés se había quedado prácticamente estancado. Fue entonces cuando decidí que había llegado el momento de poner en práctica todo lo que había aprendido y hacer un intercambio de idiomas. ¿Pero cuáles son las ventajas de aprender inglés en el extranjero?


1. Perder el miedo
Muchas veces solamente nos falta confiar más en nosotros mismos. Aprender un idioma ya es lo suficientemente complicado como para ponernos más obstáculos nosotros mismos, así que durante nuestro intercambio de idiomas en el extranjero nos veremos obligados a hablar el idioma local para comunicarnos. No digo que si logramos perder el miedo que nos frena a hablar inglés, conseguiremos un nivel avanzado, pero al menos habremos perdido el miedo a pronunciar algo mal o a decir algo incorrecto, cosa fundamental para que puedan ayudarnos a mejorar.

2. Consolidar conocimientos
Durante nuestra estancia en el extranjero, podremos poner en práctica todo lo que hemos aprendido anteriormente. No solo nos ayudará a recordar aquellas palabras o expresiones que creíamos haber olvidado, sino que podremos aprender en qué contexto las utilizan los nativos para hacerlo también nosotros cuando hablamos su idioma.

3. Inglés las 24h del día
Aunque la gran mayoría de los intercambios incluyen un curso de idiomas, nuestro aprendizaje de inglés no se limitará a las horas que asistamos a clase, pues estaremos utilizando el inglés en nuestro día a día. De este modo, nuestro aprendizaje será mucho mayor. Como me gusta decir a mí: estaremos viviendo el idioma.

4. Conocer otras culturas
No solo disfrutaremos de la cultura del país de destino, sino que probablemente también pasemos gran parte de nuestro día a día en un ambiente multicultural. Muchos de los centros en los que se imparten las clases de inglés cuentan con estudiantes de diversas nacionalidades, así que será también una oportunidad excelente para conocer otras culturas y tradiciones diferentes a las nuestras.

5. Hacer nuevos amigos 
Posiblemente, muchos de nuestros compañeros de clase se acabarán convirtiendo en amigos con los que salir a tomar algo o hacer turismo los fines de semana. Y, por qué no, amigos para toda la vida si mantenemos el contacto al regresar a casa. Esta es mi parte favorita.

6. Ampliar horizontes
Al hacer un intercambio de idiomas, salimos de nuestra zona de confort, así que descubriremos una infinidad de cosas que hasta ese momento desconocíamos. Aprenderemos un idioma, sí, pero también muchísimas cosas que quizás no habríamos aprendido si nos hubiésemos quedado en casa.

7. Crecer como persona 
No solo aprenderemos un idioma y entraremos en contacto con costumbres diferentes a la nuestra, sino que probablemente nos veremos en situaciones en las que nunca antes nos habíamos encontrado. Esto nos convertirá en personas más flexibles, respetuosas y abiertas. En definitiva, creceremos como personas. ¿Qué hay más importante que eso?

8. Mejorar tus estudios y oportunidades laborales
Al estar en constante aprendizaje, nos costará menos aprender cosas nuevas y memorizar información. Además, todo el mundo sabe que contar con un buen dominio de inglés es algo crucial para lanzar nuestra carrera profesional, por lo que hacer un intercambio de idiomas en el extranjero nos abrirá más puertas.

9. Romper con la rutina
Encontrarnos en un país diferente al nuestro supone que incluso las tareas más comunes del día a día se conviertan en algo totalmente nuevo para nosotros. No solo la metodología de las clases puede variar, sino que aspectos de la vida diaria como pedir un café, coger el autobús o llegar hasta la escuela pueden recobrar todo su encanto al realizarlas en un entorno nuevo. 

10. Tomar las riendas de tu futuro
Precisamente, al romper con la rutina nos encontramos en situaciones que quizás nunca antes habíamos vivido o que habíamos vivido de una forma totalmente diferente. Por eso, nos veremos obligados a tomar nuestras propias decisiones y, en definitiva, a madurar. Y, por qué no, quizás durante nuestro intercambio de idiomas nos demos cuenta de cómo queremos que sea nuestro futuro, cuáles son nuestras ambiciones y los caminos que queremos seguir. Esto fue precisamente lo que me pasó a mí: al volver de mi viaje de intercambio, tuve claro que quería que mi futuro estuviese relacionado con los idiomas y el intercambio cultural, así que decidí estudiar la carrera de traducción en la universidad.



Marcharnos al extranjero a aprender inglés puede asustar un poco, especialmente si es la primera vez que hacemos un intercambio de idiomas o si los estudiantes son jóvenes adolescentes. Por eso, recomendaría que deleguemos en empresas con experiencia como EF Education First para que organicen nuestro viaje. Hay una infinidad de destinos, cursos y opciones de alojamiento, así que no solo podrán asesorarnos, sino que también se encargarán de organizar nuestro viaje y resolver nuestras posibles dudas para hacer de nuestra estancia en el extranjero una experiencia única e inolvidable.

Vigeland, Museo Nacional, Akershus y Tjuvholmen - Oslo (parte 3), Noruega


Nuestro tercer día en Oslo comenzó con la visita a uno de los lugares más conocidos de la capital noruega: el parque de Vigeland. Tras un copioso desayuno en el hotel y un trayecto de aproximadamente media hora en tranvía, llegamos a este precioso parque que es, sin duda alguna, una visita obligada para todo turista dispuesto a impregnarse de la esencia de Oslo.
Noruega siempre se ha caracterizado por sus parques y entornos naturales, pero es el parque de Vigeland, también conocido como el parque de las esculturas, el lugar más famoso de Oslo. La entrada al parque es gratuita y, como el tiempo acompañaba, pudimos dedicar gran parte de la mañana a pasear por las inmediaciones, tomar diversas fotografías y, como no, contemplar embelesados las expresiones de las estatuas. No sé si solo me habrá pasado a mí, pero tuve la sensación de que este precioso lugar cuenta con la combinación perfecta entre naturaleza y arte.




Sobre las dos de la tarde ya estábamos en el centro de Oslo. Allí paramos a comer algo rápido, pues queríamos aprovechar al máximo nuestro último día de turismo. En realidad, lo que no queríamos era perdernos la visita al Museo Nacional de Oslo: nos negábamos a marcharnos de Oslo sin disfrutar de la obra más famosa de Edvard Munch. Habíamos dejado las visitas a los museos para el domingo porque la entrada a muchos de ellos es gratuita ese día de la semana. Eso sí, con un horario un tanto limitado ya que, como la gran mayoría de los establecimientos en Noruega, cierra sus puertas a las cinco de la tarde. Además, casi todos los museos suelen permanecer cerrados los lunes, así que si dejábamos pasar esa oportunidad, no podríamos ver la pintura de el grito antes de irnos. Afortunadamente, no solo tuvimos tiempo de admirar la famosa pintura de Munch, sino que también pudimos dar una vuelta por la mayoría de las salas de arte del museo.




Como la gran mayoría de los museos cerraban a las cinco de la tarde, decidimos ir a pasear por la fortaleza de Akershus. La habíamos visto desde el muelle en el que nos recogió el barco para llevarnos a Lindøya el día anterior, pero todavía no habíamos explorado su recinto. La idea resultó ser de lo más acertada, pues pudimos disfrutar del idílico paisaje otoñal de los jardines y de unas maravillosas vistas al fiordo de Oslo.





Al caer la tarde, fuimos a pasear por el lujoso barrio de Tjuvholmen, una zona residencial junto al mar. Independientemente de alguna que otra cafetería y galería de arte, esta zona no se caracteriza por sus atracciones turísticas. Aún así, se ha convertido en una zona muy demandada por sus lujosos apartamentos. Nosotros nos limitamos a pasear por sus calles y a disfrutar de la fusión del moderno diseño de los edificios y los canales. Sin embargo, la humedad por estar tan próximos al puerto comenzó a calar en nuestro cuerpo, así que decidimos ir a cenar a Vapiano, uno de mis restaurantes favoritos cuando viajo al extranjero. Y así, con una suculenta cena, nos despedimos de nuestro último día de turismo en Oslo.


Lindøya, la ópera de Oslo y Mathallen - Oslo (parte 2), Noruega


Uno de los lugares que nadie puede perderse al visitar la capital noruega es las islas de Oslo. Todo el mundo sabe que los paisajes noruegos son, sin ninguna duda, increíbles pero, en mi opinión, los paisajes de estas islas son los mejores de todos. Quizás la época del año en la que viajamos a Oslo contribuyó un poco a ello, pues, en general, todo Oslo adquiere cierto encanto con la llegada del otoño. 

Recomendados por mi amiga María, nos sacamos el bono de transporte de 48 horas para coger el transporte público tantas veces al día como necesitáramos, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando nos enteramos de que no solo incluía el transporte en autobús y tranvía, sino también en barco. De esta forma, pudimos coger el ferri que comunica el centro de la ciudad con las islas del fiordo de Oslo sin necesidad de coger el típico barco que pasea a los turistas por un no tan módico precio y que hace, prácticamente, el mismo recorrido.







Oslo cuenta con numerosas islas, muchas de las cuales habitadas. Este es el principal motivo por el que los noruegos vieron la necesidad de comunicarlas con el centro de la ciudad mediante transporte público. Este servicio cuenta con una gran afluencia de gente a primeras horas de la mañana, cuando los noruegos que viven en las islas cogen el barco público para ir al trabajo. Así, tras un agradable trayecto de unos 20 minutos, llegamos a Lindøya.

Lindøya es una idílica isla que derrocha encanto por todos sus rincones. De hecho, algunos noruegos han fijado en ella su segunda residencia, pues es un lugar perfecto al que acudir en vacaciones o algún fin de semana. También es una de las islas más turísticas, pero afortunadamente está lejos de masificarse. Es más, me atrevería a decir que solamente otras dos personas paseaban por la isla al mismo tiempo que nosotros, así que pudimos disfrutar tanto de la tranquilidad como del precioso paisaje. 







Sin darnos cuenta, pasamos prácticamente media mañana en la pequeña isla de Lindøya, por lo que aprovechamos el trayecto de vuelta en el ferri para comer unos sándwiches de salmón noruego mientras seguíamos disfrutando de las vistas.

Pasamos la tarde paseando por el centro de Oslo. Entre otras cosas, queríamos volver al Operahuset para ver el moderno edificio de la ópera de Oslo de día. Oslo es en sí una ciudad moderna, pero la zona de la ópera es de las más actuales. Tanto es así que al principio tuve que convencerme de no estar paseando por los decorados de película futurista. 



Después de todo el día paseando, el frío había comenzado a calarnos los huesos. Así, tras un par de horas en la habitación del hotel que sirvieron para reponer fuerzas y disfrutar de la agradable temperatura producida por la calefacción, fuimos a cenar a Mathallen (Vulkan 5, 0178 Oslo, Noruega), un renovado mercado que alberga puestos/restaurantes con especialidades de todo tipo. María nos recomendó probar el bocadillo de pato y, aunque es el único bocadillo de pato que he probado hasta ahora, tengo que decir que posiblemente no tomaré nunca otro bocadillo de pato tan bueno como ese. 


Oslo (parte 1), Noruega

Nuestro viaje a Oslo comenzó a las cinco de la mañana, cuando nos levantamos para coger un tren con destino a Barcelona que nos llevaría hasta el aeropuerto del Prat. El viaje, como todos mis viajes en tren a Barcelona, se hizo eterno, pero al menos pude ver el amanecer gracias a la butaca privilegiada junto a la ventana  —que Sergio me había cedido estratégicamente— con vistas al Mediterráneo. Tras subirnos a la lanzadera, pasar el control de seguridad, correr por la terminal como si no hubiera mañana y prometerme a mí misma no coger un tren con tan poco margen entre la llegada a la estación y la salida del vuelo conseguimos subir al avión. Así, tras unas siete horas después de haber salido de casa, llegamos a la capital Noruega.
 
Tras unos abrazos de reencuentro que me hicieron sentirme como en casa, llegamos a nuestro alojamiento: una acogedora habitación doble en un céntrico hotel situado a unos minutos a pie de la estación. Sin embargo, aunque habíamos salido de casa cuando las calles ni siquiera estaban puestas, decidimos que ya tendríamos tiempo de descansar más tarde y salimos a disfrutar de nuestras primeras horas en Oslo. 
 
Un agradable paseo desde el centro hasta el puerto bastó para darnos cuenta de que el frío iba a acompañarnos durante todo nuestro viaje y que el otoño en la ciudad noruega nada tiene que ver con las agradables temperaturas de esa época en Valencia. Así, después de haber estirado un poco las piernas —que estaban ya entumecidas por haber pasado tantas horas seguidas sentados en el tren y el avión— mi amiga María nos propuso asistir a un espectáculo de ballet en la ópera de Oslo. Había conseguido las entradas por unas cinco coronas cada una, así que era imposible rechazar tal proposición. No solo la función valió la pena, sino también tener la oportunidad de recorrer el interior del Operahuset por tal módico precio.