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Descubriendo la universidad, el Grüneburgpark y el Jardín Botánico de Fráncfort

 Si hay algo que me gusta de Alemania son los numerosos parques y zonas verdes que puedes encontrar en la misma ciudad. Pese a que es habitual asociar los rascacielos y las oficinas del distrito financiero con Fráncfort del Meno, en la zona noroeste de la ciudad se encuentra una de las zonas verdes con mayor número de hectáreas que, sin duda, vale la pena visitar. Está formado por diferentes parques y jardines, que van desde el Jardín Botánico y el Palmengarten hasta el campus de la universidad.

Nuestra primera visita fue a la zona universitaria. Las clases en Alemania no comienzan hasta octubre, por lo que el campus estaba prácticamente desértico y pudimos recorrerlo a nuestras anchas. El campus de la universidad Goethe de Fráncfort es increíble: no solo por las infraestucturas universitarias, sino por sus dimensiones. Al contrario de lo que suele ocurrir en otros campus, este cuenta con numerosas zonas de parques y jardines. De hecho, en más de una ocasión, dudé de si todavía seguía estando en la zona universitaria o si estaba caminando por algún parque a las afueras de la ciudad. Menos mal que en esos momentos, pronto me topaba con alguna señalización que indicaba el camino a alguna residencia de estudiantes o facultad.




A tan solo unos metros de distancia de la zona universitaria se encuentra el Grüneburgpark, uno de los pulmones verdes de Fráncfort y el paraíso al que huir cuando se quiere escapar del bullicio de la ciudad. Desde varios jardines se pueden ver los rascacielos del distrito financiero que contrastan con el entorno natural del parque, por lo que vale la pena visitarlo. En nuestra segunda visita, Sergio y yo visitamos también los jardines coreanos, que se encuentran dentro del mismo Grüneburgpark.




El Jardín Botánico de Fráncfort es otra de las zonas verdes próximas al campus universitario. La entrada incluye también la visita al Palmengarten, así que entre ambas zonas se puede contemplar un gran número de ejemplares de árboles y plantas de todo el mundo. Nosotros pasamos la mayor parte de la tarde paseando por las inmediaciones y sacando fotografías de las plantas más curiosas.







Como podéis ver, estoy intentando aprovechar mi estancia con Sprachcaffe al máximo, tanto para perfeccionar mi alemán como para conocer Fráncfort y otras ciudades cercanas. De hecho, otra de las ciudades que visitamos el mismo fin de semana que Heidelberg fue Kassel, así que seguramente os hable de nuestra visita a la ciudad de la documenta en mi próxima entrada. 



El encanto de Heidelberg bajo el sol - Alemania




A poco más de una hora de Fráncfort, en el estado federado de Baden-Wurtemberg, se encuentra la ciudad con la universidad más antigua de toda Alemania: Heidelberg. 

Tengo cierta debilidad por las ciudades medianas con universidades antiguas (lo mucho que me gustaron ciudades como Oxford y Salamanca son solamente un par de ejemplos de ello), por lo que, si a tal debilidad le añadimos un bonito centro histórico y un emplazamiento idílico junto al río, entenderéis que no podía desaprovechar la ocasión de hacer una escapada a Heidelberg. 

La previsión meteorológica anunciaba que el tiempo mejoraría notablemente el fin de semana y las casualidades de la vida quisieron que, hablando de nuestros planes del fin de semana antes de empezar la clase de alemán en Sprachcaffe, nos enteráramos de que uno de nuestros compañeros de clase iba también a visitar Heidelberg el mismo día que Sergio y yo, por lo que decidimos planear la excursión juntos.

Después de un madrugón considerable, salimos de Fráncfort en autobús a las ocho de la mañana. Al principio, tenía miedo de que la previsión meteorológica hubiera fallado, pues a esas horas de la mañana una niebla baja y densa cubría las calles de la ciudad y apenas dejaba ver la otra orilla del Meno en nuestro camino hasta la estación de autobuses. Por suerte, no fue así y tan pronto como dejamos atrás la ciudad del Banco Central Europeo los primeros rayos de sol entraron por las ventanillas del autobús.

El autobús nos dejó en la estación central, que se encuentra a las afueras de la ciudad, por lo que tuvimos que caminar hasta llegar al centro. Apenas eran las nueve y media de la mañana cuando un japonés y dos españoles paseábamos, cámara en mano, por la calle principal de Heidelberg.




Desde el centro histórico, lo que más llama la atención es el castillo: aunque no se encuentra lejos del centro histórico sí que hay que recorrer un camino empinado para llegar hasta él. Por esto último, decidimos visitar primero esta parte de la ciudad y evitar que el camino nos pareciese más empinado de lo que ya era por estar cansados. Lo cierto es que fue todo un acierto y en unos minutos conseguimos llegar a las taquillas. Una de las cosas buenas que tiene Alemania son los precios de estudiante a la hora de visitar museos y algunas atracciones turísticas. Para ello, solamente hace falta presentar el carné de estudiante. Desgraciadamente, yo me había olvidado el mío en la residencia, por lo que tuve que sacar la entrada de adulto (por eso ahora compruebo varias veces llevar encima el carné universitario antes de salir de casa). Descuidos aparte, la entrada al recinto incluye la visita al castillo y a los jardines, desde donde se pueden contemplar unas bonitas vistas de la ciudad junto al río.

Después de la visita al castillo, regresamos al centro histórico y cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos con hordas de turistas que, al igual que nosotros, recorrían las calles del centro ávidos de descubrir las maravillas de esta preciosa ciudad.

Antes de comer, subimos a otro de los puntos más altos de la ciudad: la torre de la Heiliggeistkirche. Subir y bajar por la angosta escalera de caracol nos puso a prueba una vez más. Por suerte, justo a la salida, encontramos un restaurante especializado en hamburguesas con muy buena pinta. La plaza estaba de lo más concurrida aquella mañana, por lo que decidimos comer en la terraza y recobrar fuerzas bajo el agradable sol ya otoñal.

A tan solo unos metros del restaurante donde comimos se encuentra la tienda de chocolatinas de los estudiantes enamorados, la Heidelberger Studentenkuß (en Haspelgasse 16), en la que, tal y como manda la tradición, Sergio me regaló una cajita con sus famosas chocolatinas.

El plan para la tarde fue cruzar el Neckar y recorrer el camino de los filósofos (en alemán, der Philosophenweg). Puede que al principio el recorrido una vez cruzado el puente sea de lo más empinado y que haga a más de uno preguntarse si de verdad vale la pena, pero os aseguro que este camino es uno de mis lugares favoritos de la ciudad, pues desde varios puntos se puede disfrutar de unas maravillosas vistas del casco antiguo de Heidelberg, el río Neckar y el castillo.




Fráncfort: días de adaptación - Alemania


Como bien anuncié en una de mis entradas anteriores, fui escogida por Sprachcaffe para realizar una estancia en Alemania. Pues bien, hace tan solo cuatro días llegué cargada de maletas a Fráncfort del Meno, la ciudad más conocida del estado de Hesse.

Debo reconocer que al principio tenía un poco de miedo a perderme por su inmenso aeropuerto o a no saber cómo llegar a la residencia una vez hubiera encontrado la salida, pero la verdad es que todo salió bien y llegué en poco más de veinte minutos. Tanto la residencia como la escuela se encuentran en el mismo edificio, por lo que todavía no he sacado ningún bono para coger el transporte público. Además, la residencia se encuentra en un tranquilo barrio residencial, a unos cinco minutos a pie del centro histórico, así que las veces que he salido a pasear por la ciudad he ido andando.

El día de llegada, después de instalarme, fui al centro con una de mis compañeras que conocí casualmente en la cocina de la residencia. Acabamos cenando en un establecimiento de comida rápida, pues, al ser domingo, muchos establecimientos estaban cerrados. Sin embargo, fue una noche de lo más agradable: pude hacerme una idea de la ciudad y, de paso, empezar a entablar amistad con algunas de mis compañeras.

Las clases en la escuela comenzaron al día siguiente, así que he pasado las mañanas ocupada desde entonces. Además, Sergio llegó unos días más tarde que yo, por lo que hace poco que acabamos de instalarnos por completo. Lo bueno es que, aunque tan solo llevo tres días de clase, ya me siento mucho más segura con el idioma. Al principio, me daba un poco de respeto no ser capaz de cruzar dos palabras en alemán con mis compañeros, pero la verdad es que poco a poco me voy soltando e intento recurrir menos al inglés. Sin embargo, es una tranquilidad saber que en la oficina de Sprachcaffe lo hablan perfectamente. 

En cuanto a la ciudad, tengo que admitir que me gusta bastante. Es verdad que el tiempo y las bajas temperaturas que estamos teniendo estos días no invitan mucho a salir a la calle, pero aún así he podido salir a conocer un poco la ciudad. De hecho, la otra tarde, Sergio y yo dimos un paseo por el centro histórico (en alemán, die Altstadt) y el distrito financiero. En un primer momento me impactó encontrarme con edificios de estilo antiguo y modernos rascacielos a tan solo unas calles unos de otros, pero la verdad es que han sabido encajar estilos arquitectónicos tan separados en el tiempo de una forma excelente.







Todavía no hemos pensado ningún plan para lo que queda de semana, pero queremos ir a la zona universitaria y a varios museos aquí en Fráncfort. Además, todo parece apuntar que este fin de semana el tiempo mejorará, así que seguramente aprovecharemos nuestros días libres para hacer algunas excursiones y conocer también otras ciudades de la zona.