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Un día en Colonia - Alemania

En cuanto me enteré de que me habían aceptado en el programa de intercambio de Sprachcaffe en Fráncfort, comencé a hacer una lista de ciudades que quería visitar durante mi estancia en Alemania. Colonia, al igual que Heidelberg, fueron las primeras en las que pensé. Me habían hablado muchísimo de ellas y prácticamente cada alemán que he conocido me ha contado maravillas de estas dos ciudades. Durante mi primer fin de semana allí, como ya os conté por aquí, visité Heidelberg, pero Colonia se ha hecho esperar un poquito más.

Aprovechando que una amiga estaba haciendo unos cursos por la beca de auxiliar de conversación, no nos lo pensamos dos veces y compramos los billetes. Como nuestro ICE llegó a Colonia a primera hora de la mañana y hasta última hora de la tarde no habíamos quedado con Ana y su novio,  pudimos aprovechar el día en Colonia al máximo.

Tras un desayuno en un café italiano situado en frente de la estación, decidimos cruzar al otro lado del río para sacar las primeras fotografías de la ciudad. La luz a esa hora de la mañana era perfecta, así que enseguida nos pusimos en marcha por miedo a que el sol decidiera hacer de las suyas y esconcerse tras alguna nube en un abrir y cerrar de ojos, algo muy típico en Alemania.



El puente Hohenzollern no deja indiferente a cualquiera. Como buen ingeniero civil, Sergio se pasó un buen rato contemplando y analizando la estructura del puente ya desde el tren, cuando nuestro ICE entraba a la estación. En mi caso, aproveché el paseo hacia el otro lado del río para ir sacando fotografías, especialmente de los numerosos candados que los enamorados cuelgan en su estructura como prueba de amor.

Las vistas de la ciudad desde el otro lado del Rin son maravillosas, pues se puede tener una idea del conjunto de la ciudad y de sus atracciones turísticas más conocidas: el Rin, el puente Hohenzollern y, como no, la catedral de Colonia.

Después de  sacar numerosas fotografías de este tramo, decidimos caminar hacia la parte más moderna: el puente Severins y el Rheinauhafen. La verdad es que toda Alemania cuenta con una arquitectura muy variada, por lo que prácticamente todas las ciudades están llenas de contrastes.  La zona de Rheinauhafen me gustó mucho e, incluso, me atrevería a decir que guarda cierta similitud con la parte nueva del puerto de Oslo.





Por organizar un poco el día en Colonia, decidimos dedicar parte de la mañana a visitar el museo del Chocolate de Colonia. Se trata de un museo dedicado en su totalidad al chocolate, pero con salas muy variadas, que van desde expositores explicativos e invernaderos con plantaciones de cacao hasta la fábrica y tienda del chocolate de la archiconocida marca Lindt. ¿Lo más deseado? La fuente de chocolate líquido, sin duda. Las instalaciones son bastante nuevas y todo el recorrido del museo cuenta con grandes ventanales por el que entra la luz natural y desde los que se puede observar el Rin, así que es una visita que vale la pena.

Al terminar nuestra visita, decidimos volver a la zona más céntrica de Colonia y buscar un lugar donde comer. Tras mucho buscar, dimos con un pequeño restaurante situado junto a una de las calles que dan a la zona más comercial de Colonia. El Ech Kölsch (Obenmarspforten 1) resultó ser todo un acierto, ya que pudimos probar algunos platos típicos de la cocina alemana mientras disfrutamos del buen tiempo en la terraza.


 
 



Después de comer, decidimos seguir paseando por la zona más céntrica de la ciudad. Pasamos por las plazas Heumarkt y Alter Markt, vimos el edificio del ayuntamiento, entramos a dos tiendas que se disputan la denominación de la famosa agua de Colonia y callejeamos hasta llegar de nuevo a las orillas del Rin. No sé si porque era sábado o quizás que fuese el primer día de sol en quince días también tendría algo que ver, pero lo cierto es que ese día Colonia estaba de lo más concurrida. Especialmente la zona del río, donde grupos de jóvenes se reunían en las terrazas o disfrutaban del sol tumbados en el césped. Como dice mi madre: «allá donde fueres, haz lo que vieres». Así que propuse comprar unos helados en una heladería cercana y sentarnos junto al río a disfrutar del buen tiempo.

Habíamos quedado con Ana y José sobre las siete para tomar algo antes de coger el tren de vuelta a Fráncfort, así que dedicamos el tiempo que teníamos hasta entonces a ver una exposición de coches que había ese día junto al Rin y a explorar alguna zona más alejada del centro por si encontrábamos algo interesante. En nuestra ruta solamente dimos con la iglesia de San Gereón y algunos vestigios de la antigua ciudad de Colonia, como la muralla y una torre que han quedado prácticamente integradas en la ciudad, así que tampoco vale la pena alejarse mucho más. 

Creo que Colonia me deja un sabor agridulce. Por una parte, es una ciudad que tampoco tiene una gran variedad de atracciones turísticas más allá de su imponente catedral de estilo gótico, el puente Hohenzollern, el museo de chocolate y alguna que otra plaza. Pero, por otra parte, el ambiente que se respira y el estilo de vida de sus habitantes es maravilloso y creo que es precisamente esto último lo que la hace única.










El distrito financiero de Fráncfort del Meno - Alemania

Como bien adelantaba en la entrada anterior, Fráncfort del Meno es una ciudad con un fuerte distrito financiero. Tanto es así, que me atrevería a decir que no solo es una ciudad de gran importancia en Alemania si no también, en toda Europa. De hecho, ya desde el avión, lo que más me llamó la atención fue los altos rascacielos que se ergían a orillas del río.

Si hay algo que viene en todas las guías de viaje de Fráncfort es, sin duda, el símbolo del euro a los pies del antiguo Banco Central. Y digo "antiguo" porque la sede actual del Banco Central Europeo se encuentra desde el 2014 en Frankfurt (Main) Ost, al este de la ciudad. Aun así, el símbolo de la eurozona todavía se encuentra en Willy-Brandt-Platz, a los pies de la Eurotorre, en pleno centro financiero.

A pocos minutos de la plaza Willy-Brandt-Platz está el rascacielos más alto de toda Alemania, la torre Commerzbank, sede de la entidad que da el nombre a la torre. Sin embargo, también hay muchos otros rascacielos por las zonas de Taunusanlage y Gallusanlage. 
 




Dejando a un lado los imponentes rascacielos del centro financiero, hay también muchas otros puntos de interés que vale la pena visitar. Uno de los más curiosos es el Bauernmarkt de Konstablerwache, un mercadillo ambulante que tiene lugar los jueves y los sábados y en el que se puede encontrar todo tipo de productos alemanes. Especialmente en los días de sol, el ambiente aquí es de lo más festivo y a los a los alemanes les encanta comprar los productos y pedir que los cocinen allí mismo, para disfrutarlo después con una jarra de cerveza o un vaso de Apfelwein, que vendría a ser algo así como la versión alemana de la sidra desventada. Aunque, seguramente, los amantes de las compras prefieran dar largos paseos por el Zeil, la arteria comercial de Fráncfort por excelencia.

Uno de mis lugares favoritos, muy cerca de la torre Commerzbank es la plaza Goethe. No es que sea una plaza especialmente bonita, pues, siendo sincera, su diseño es bastante normal, pero que esté dedicada a uno de mis escritores favoritos hace que disfrute de ella mucho más cada vez que paso por allí.  

Pasear por el centro financiero es prácticamente inevitable. Pero para tener una buena perpectiva de los rascacielos recomendaría dos opciones. La más sencilla es pasear por el río, entre los puentes Untermainbrücke y Eiserner Steg. Si está despejado, el atardecer desde aquí es precioso, ya que el sol se pone por la torre Westhafen, conocida cariñosamente por los locales como la torre Apfelwein, pues su diseño recuerda al vaso típico de la bebida.






Sin embargo, si se quiere tener una perspectiva del paisaje urbano de la ciudad desde las alturas, otra opción es subir al Main Tower, el cuarto edificio más alto de Alemania, que cuenta con un mirador panorámico visitable a 200 metros de altura. Nosotros subimos a última hora de la tarde, la noche de antes de que Sergio regresara a Valencia, así que fue el broche perfecto para terminar juntos la experiencia en Fráncfort con Sprachcaffe.





El casco histórico de Fráncfort - Alemania




No cabe duda de que Fráncfort del Meno es una ciudad mundialmente conocida por los sectores económico y empresarial. Aunque tengo pensado dedicar una entrada a hablar únicamente de ello, esta se la quiero dedicar al casco histórico de la ciudad. Puede que, a priori, el centro histórico no sea tan conocido, pero uno de los puntos a favor de Fráncfort es precisamente la gran oferta turística y cultural que ofrece —más allá de los sectores anteriormente citados—, cosa que puede determinar nuestra elección a la hora de hacer un curso de alemán en el extranjero.  

El casco histórico de la ciudad más conocida del estado de Hesse se centra, sobre todo, en la zona del Römer, pues cuenta con los edificios más tradicionales de Fráncfort: se trata de edificios de poca altura construidos con el característico entramado de madera. Aunque representan el estilo propio del siglo XVI, estos fueron reconstruidos tras la Segunda Guerra Mundial gracias a algunas fotografías, dibujos y planos. En esta plaza encontramos también el Ayuntamiento, la fuente de la Justicia y la iglesia Alte Nikolaikirche.

Dos de los accesos más conocidos para llegar hasta el Römer son los puentes Eiserner Steg y Alte Brücke. Por una parte, el Eiserner Steg es el que queda más cerca de la residencia de Sprachcaffe y es por el que suelo ir al centro mientras disfruto de las vistas de la ciudad. Se trata de un puente de hierro peatonal con unas vistas panorámicas preciosas de la zona financiera a lo lejos en el que es habitual encontrarse con alguna que otra pareja de enamorados poniendo un candado en el puente y lanzando las llaves de este al río. Por otra parte, el Alte Brücke es un puente que fue reconstruido, por lo que es relativamente reciente. Sin embargo, ha mantenido el nombre del puente original.

A pocos metros del Römer y muy cerca del río tenemos la plaza de la Catedral en la que, además de la catedral, se encuentran varios museos de arte moderno, la Casa de la Balanza de Oro (Haus zur Goldenen Waage) y la Casa del Lino (Leinwandhaus). Aunque puede que la subida se haga algo pesada, recomendaría, sin lugar a duda, subir a la torre de la catedral. La tarifa de estudiante es muy económica y las vistas desde lo alto de la torre son maravillosas: se puede ver la zona del río, el centro histórico y los rascacielos del distrito financiero, así que vale la pena enfrentarse a tantos escalones.







Si caminamos desde el Römer en dirección opuesta al Meno, daremos con una de las plazas con más ambiente del centro histórico de Fráncfort, la Paulsplatz, que le debe su nombre a la antigua iglesia Paulskirche que se encuentra en la misma plaza. Sin embargo, esta iglesia fue desacralizada y posteriormente su edificio se convirtió en la sede del primer parlamento de Alemania. A día de hoy es un edificio público más en cuyo interior alberga una pequeña exposición de fotografías donde se cuenta la historia del edificio y que se puede visitar de forma gratuita. 

Además de una gran variedad de cafeterías y restaurantes, en la Paulsplatz encontramos también el edificio del Registro Civil, que contrasta con los edificios más modernos situados a su espalda.






Si desde este punto caminamos hacia el edificio de la Ópera, seguramente demos con otros puntos de gran interés turístico del centro histórico de Fráncfort como son la plaza Liebfrauenberg, la puerta Eschenheimer y la plaza de la Bolsa. Además, una de las cosas que más me gustó de Fráncfort es la infinidad de parques y zonas verdes que tiene. De hecho, la muralla que delimitaba la ciudad antigua se ha convertido en un anillo verde de varios kilómetros en el que habitan simpáticas liebres y ardillas. Sin embargo, de todo esto, os hablaré en la próxima entrada, que estará dedicada al distrito financiero.

Qué hacer en Sachsenhausen - Alemania

 

Si hay algo que caracterice a Fráncfort del Meno es el ambiente cosmopolita y multicultural. Esto se puede ver en varias zonas de la ciudad y, sobre todo, en el barrio de Sachsenhausen. Precisamente en este emplazamiento, a pocos minutos a pie del Römer y justo al sur del río Meno, se ubica la residencia de Sprachcaffe en la que estoy viviendo estas semanas. 

Durante mis primeros días en Fráncfort, reconozco que Sachsenhausen me pareció un barrio muy residencial, pero lo cierto es que cuando estuve preparando la entrada anterior, me di cuenta de todas las cosas que se pueden hacer en Sachsenhausen. Por este motivo, he decidido recopilar la información más relevante en esta entrada. 


La calle Wallstraße
A la altura de la Schulstraße, caminando en dirección hacia la iglesia católica Deutschordenskirsche, encontramos la calle Wallstraße. A primera vista, puede parecer una calle más, pero lo cierto es que en ella se concentran muchos establecimientos y pequeños comercios. La primera vez que caminamos por ella fue buscando una lavandería y, no solo dimos con ella, sino que, además, descubrimos otros establecimientos, como Bizziice (Wallstraße 26), una heladería especializada en elaborar helados orgánicos a base de frutas. Sin embargo, me atrevería a decir que esta calle es conocida especialmente por el Markt im Hof, un mercadillo gastronómico que tiene lugar cada sábado en el que se puede comer allí o comprar para llevar algunos productos típicamente alemanes con un toque hypster.



 




El parque Metzlerpark
Entre la calle de la residencia y los jardines del río Meno, se encuentra uno de los parques verdes más tranquilos de la zona: el Metzlerpark. Es cierto que los jardines junto al río que se encuentran a muy poca distancia de este parque son también un lugar perfecto por el que pasear, pero el Metzlerpark es uno de mis lugares favoritos para disfrutar de la tranquilidad, pues, aunque está junto a una de las avenidas con más tránsito de la zona, reina el silencio en cada uno de sus rincones. 



 





La zona Schweizer
A tan solo unos metros de Sprachcaffe está la zona con más vida comercial de Sachsenhausen: la calle Schweizerstraße. En ella se puede encontrar una gran variedad de comercios, desde tiendas de alimentación más pequeñas hasta supermercados, restaurantes y cafeterías. Mi gran descubrimiento personal fue la cadena de droguerías y perfumerías dm, que se encuentra en la Schweizerplatz. Esta zona está muy bien comunicada con transporte público, tanto con metro y tranvía para desplazarse a otros puntos de Fráncfort y a otras ciudades cercanas como con tren para realizar viajes más largos.








Además, hay otros puntos que caracterizan este barrio, como los innumerables museos que hay por la zona (y de los que os hablaré detenidamente en mis próximas entradas) o el parque de la Oppenheimer Platz, al que da la ventana de mi habitación y desde la que puedo disfrutar de los colores otoñales de los árboles ahora que las hojas cambian de color. 


 



Sprachcaffe: la residencia y el curso de alemán

 


Pasar una temporada en el país donde se habla el idioma que estás estudiando es, a mi parecer, prácticamente indispensable para dominar una lengua. Como ya he contado en más de una ocasión, mi interés por el alemán comenzó hace unos años, cuando empecé la carrera de Traducción en la universidad. Hasta hace poco, solamente lo había estudiado en España, por lo que ahora que llevo varias semanas en Alemania, creo que ya va siendo hora de que os cuente más sobre mi experiencia aprendiendo alemán en el extranjero. 

Como bien dije en mis entradas anteriores, la ciudad donde estoy haciendo el curso de alemán es Fráncfort del Meno, que es también donde se encuentra la sede principal de Sprachcaffe. Decantarse por asistir a clases me parece la mejor idea si lo que queremos es forzarnos a aprender el idioma, repasar conceptos ya adquiridos y aprender nuevos. En mi caso, hago un curso general por las mañanas, de nueve a doce y media y, después, voy a un curso intensivo durante una hora y media más. Por una parte, en el curso general somos alrededor de diez estudiantes de diferentes nacionalidades. Este curso está enfocado a reforzar los apartados de gramática, vocabulario, escucha y expresión escrita, principalmente. El material que se utiliza es un libro de texto, aunque mi profesora suele complementarlo con ejercicios extra, como algunas presentaciones orales. Por otra parte, el curso intensivo está enfocado, principalmente, a la comunicación oral. El número de alumnos es mucho más reducido, por lo que todos los alumnos podemos participar activamente en clase. Además, reforzamos algunos puntos de gramática y vocabulario por medio de ejercicios y lecturas adicionales.

Las instalaciones de la escuela son amplias y luminosas, pero, lo que más me gusta de ella es que en el vestíbulo hay un dispensador de café, donde los alumnos podemos reunirnos y charlar en las pausas. Sí, por algo se llama Sprachcaffe ;) 

El curso de alemán tiene lugar en la calle Gartenstraße, así que la ubicación de la escuela es excelente: está a un paseo del centro histórico y bien comunicada con transporte público. Sin embargo, yo no necesito salir del edificio cada día para asistir a clase porque la residencia se encuentra en el mismo edificio, en el que hay, además, una sala común muy espaciosa en la que estudiar, charlar con los compañeros de clase o tomar un café.
 

 




En mi planta, somos varios estudiantes de diferentes nacionalidades. Hay habitaciones dobles e individuales, por lo que podemos elegir si queremos compartir habitación o disponer de la habitación para nosotros solos. Lo que más me gusta de mi habitación es que tiene ventanales enormes por los que entra mucha luz natural y las vistas a la calle de la residencia y al parque. Las zonas comunes son la cocina y la sala de estar, por lo que es sencillo entablar conversación con otros estudiantes (de hecho, a la mayoría de mis compañeros de residencia los conocí en la cocina). Además, en el pasillo hay también una estantería con libros de lectura en diferentes idiomas y algunos libros de texto de alemán a los que podemos recurrir si queremos consultar algo o repasar conceptos. 




 

 

 
Elegir bien la ciudad de destino es también uno de los factores que hay que tener en cuenta a la hora de decidirnos por hacer un curso de idiomas en el extranjero. Bajo mi punto de vista, Fráncfort es una ciudad que merece la pena conocer si se está interesado en la lengua y cultura alemanas: se puede hacer turismo, está muy bien comunicada con transporte público y tiene una oferta cultural amplísima. De lunes a viernes, al tener las tardes libres, salgo a descubrir la ciudad y, durante los fines de semana, suelo ir a visitar otras ciudades cercanas.

Se qué tomar la decisión de irse al extranjero a aprender un idioma puede asustar un poco en un primer momento, pero la verdad es que mi experiencia en Fráncfort solamente está llena de cosas positivas (no solo en cuanto a lo académico y a la ciudad, sino también en cuanto a las personas de diferentes culturas y nacionalidades que estoy conociendo aquí). Por eso, recomendaría delegar en empresas como Sprachcaffe para organizar nuestra experiencia en el extranjero. Desde un primer momento, entendieron perfectamente cuáles eran mis preferencias, resolvieron mis dudas y me ayudaron a organizarlo todo. Y lo mismo una vez llegué aquí. 

Como podéis ver, estoy disfrutando al máximo estas semanas. De hecho, tengo todavía muchas más cosas que quiero compartir en mi blog sobre esta experiencia, así que estad atentos a mis próximas entradas para seguir conociendo más detalles sobre mi estancia en Alemania.


Descubriendo la universidad, el Grüneburgpark y el Jardín Botánico de Fráncfort

 Si hay algo que me gusta de Alemania son los numerosos parques y zonas verdes que puedes encontrar en la misma ciudad. Pese a que es habitual asociar los rascacielos y las oficinas del distrito financiero con Fráncfort del Meno, en la zona noroeste de la ciudad se encuentra una de las zonas verdes con mayor número de hectáreas que, sin duda, vale la pena visitar. Está formado por diferentes parques y jardines, que van desde el Jardín Botánico y el Palmengarten hasta el campus de la universidad.

Nuestra primera visita fue a la zona universitaria. Las clases en Alemania no comienzan hasta octubre, por lo que el campus estaba prácticamente desértico y pudimos recorrerlo a nuestras anchas. El campus de la universidad Goethe de Fráncfort es increíble: no solo por las infraestucturas universitarias, sino por sus dimensiones. Al contrario de lo que suele ocurrir en otros campus, este cuenta con numerosas zonas de parques y jardines. De hecho, en más de una ocasión, dudé de si todavía seguía estando en la zona universitaria o si estaba caminando por algún parque a las afueras de la ciudad. Menos mal que en esos momentos, pronto me topaba con alguna señalización que indicaba el camino a alguna residencia de estudiantes o facultad.




A tan solo unos metros de distancia de la zona universitaria se encuentra el Grüneburgpark, uno de los pulmones verdes de Fráncfort y el paraíso al que huir cuando se quiere escapar del bullicio de la ciudad. Desde varios jardines se pueden ver los rascacielos del distrito financiero que contrastan con el entorno natural del parque, por lo que vale la pena visitarlo. En nuestra segunda visita, Sergio y yo visitamos también los jardines coreanos, que se encuentran dentro del mismo Grüneburgpark.




El Jardín Botánico de Fráncfort es otra de las zonas verdes próximas al campus universitario. La entrada incluye también la visita al Palmengarten, así que entre ambas zonas se puede contemplar un gran número de ejemplares de árboles y plantas de todo el mundo. Nosotros pasamos la mayor parte de la tarde paseando por las inmediaciones y sacando fotografías de las plantas más curiosas.







Como podéis ver, estoy intentando aprovechar mi estancia con Sprachcaffe al máximo, tanto para perfeccionar mi alemán como para conocer Fráncfort y otras ciudades cercanas. De hecho, otra de las ciudades que visitamos el mismo fin de semana que Heidelberg fue Kassel, así que seguramente os hable de nuestra visita a la ciudad de la documenta en mi próxima entrada. 



El encanto de Heidelberg bajo el sol - Alemania




A poco más de una hora de Fráncfort, en el estado federado de Baden-Wurtemberg, se encuentra la ciudad con la universidad más antigua de toda Alemania: Heidelberg. 

Tengo cierta debilidad por las ciudades medianas con universidades antiguas (lo mucho que me gustaron ciudades como Oxford y Salamanca son solamente un par de ejemplos de ello), por lo que, si a tal debilidad le añadimos un bonito centro histórico y un emplazamiento idílico junto al río, entenderéis que no podía desaprovechar la ocasión de hacer una escapada a Heidelberg. 

La previsión meteorológica anunciaba que el tiempo mejoraría notablemente el fin de semana y las casualidades de la vida quisieron que, hablando de nuestros planes del fin de semana antes de empezar la clase de alemán en Sprachcaffe, nos enteráramos de que uno de nuestros compañeros de clase iba también a visitar Heidelberg el mismo día que Sergio y yo, por lo que decidimos planear la excursión juntos.

Después de un madrugón considerable, salimos de Fráncfort en autobús a las ocho de la mañana. Al principio, tenía miedo de que la previsión meteorológica hubiera fallado, pues a esas horas de la mañana una niebla baja y densa cubría las calles de la ciudad y apenas dejaba ver la otra orilla del Meno en nuestro camino hasta la estación de autobuses. Por suerte, no fue así y tan pronto como dejamos atrás la ciudad del Banco Central Europeo los primeros rayos de sol entraron por las ventanillas del autobús.

El autobús nos dejó en la estación central, que se encuentra a las afueras de la ciudad, por lo que tuvimos que caminar hasta llegar al centro. Apenas eran las nueve y media de la mañana cuando un japonés y dos españoles paseábamos, cámara en mano, por la calle principal de Heidelberg.




Desde el centro histórico, lo que más llama la atención es el castillo: aunque no se encuentra lejos del centro histórico sí que hay que recorrer un camino empinado para llegar hasta él. Por esto último, decidimos visitar primero esta parte de la ciudad y evitar que el camino nos pareciese más empinado de lo que ya era por estar cansados. Lo cierto es que fue todo un acierto y en unos minutos conseguimos llegar a las taquillas. Una de las cosas buenas que tiene Alemania son los precios de estudiante a la hora de visitar museos y algunas atracciones turísticas. Para ello, solamente hace falta presentar el carné de estudiante. Desgraciadamente, yo me había olvidado el mío en la residencia, por lo que tuve que sacar la entrada de adulto (por eso ahora compruebo varias veces llevar encima el carné universitario antes de salir de casa). Descuidos aparte, la entrada al recinto incluye la visita al castillo y a los jardines, desde donde se pueden contemplar unas bonitas vistas de la ciudad junto al río.

Después de la visita al castillo, regresamos al centro histórico y cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos con hordas de turistas que, al igual que nosotros, recorrían las calles del centro ávidos de descubrir las maravillas de esta preciosa ciudad.

Antes de comer, subimos a otro de los puntos más altos de la ciudad: la torre de la Heiliggeistkirche. Subir y bajar por la angosta escalera de caracol nos puso a prueba una vez más. Por suerte, justo a la salida, encontramos un restaurante especializado en hamburguesas con muy buena pinta. La plaza estaba de lo más concurrida aquella mañana, por lo que decidimos comer en la terraza y recobrar fuerzas bajo el agradable sol ya otoñal.

A tan solo unos metros del restaurante donde comimos se encuentra la tienda de chocolatinas de los estudiantes enamorados, la Heidelberger Studentenkuß (en Haspelgasse 16), en la que, tal y como manda la tradición, Sergio me regaló una cajita con sus famosas chocolatinas.

El plan para la tarde fue cruzar el Neckar y recorrer el camino de los filósofos (en alemán, der Philosophenweg). Puede que al principio el recorrido una vez cruzado el puente sea de lo más empinado y que haga a más de uno preguntarse si de verdad vale la pena, pero os aseguro que este camino es uno de mis lugares favoritos de la ciudad, pues desde varios puntos se puede disfrutar de unas maravillosas vistas del casco antiguo de Heidelberg, el río Neckar y el castillo.