Diario de viaje: Viena (parte 8) - Austria

9:30:00

Después de comer y pasar la tarde con las compañeras de apartamento de Mireia, decidimos ir a ver una de las zonas que me quedaban todavía por visitar de Viena: der Prater.
Cogimos el metro de nuevo, pero decidimos hacer una parada antes de llegar al conocido parque para hacer unas compras en las tiendas de Mariahilfer Straße; sobre todo en aquellas que no están en Valencia. 
Esta calle comercial está en una de las zonas de la ciudad más transitadas por locales y turistas.
Al final, para no pasar el resto del día cargadas con las bolsas de nuestras compras, optamos por volver al hotel. También aproveché para comprar los últimos souvenirs para la familia: unas típicas bolitas de chocolate rellenas de praliné, mazapán y pistacho. Se conocen con el nombre de Mozartkugel y las hay de varias marcas de confitería. La traducción del nombre sería algo así como "bola de Mozart" (aunque algunos españoles también las llaman "Mozaritos"). Este nombre es porque estas chocolatinas están envueltas con papel de aluminio con la imagen del famoso compositor de Salzburgo. Las que yo probé son las de la marca Mirabell y tengo que decir que... ¡Están riquísimas! Si las hubiera comprado el primer día de mi estancia en Viena, creo que habría comido "Mozaritos" todos los días...
También compré los barquillos Manner, el típico turrón Viena. 





[Ejem, después de este paréntesis gastronómico, volvamos al tema turístico].
El Prater es uno de los parques de atracciones más conocidos de la ciudad por su enorme noria, la cual se ha convertido en uno de los símbolos más representativos de Viena. 
La zona del metro del Prater no es que sea de las más seguras de la ciudad, especialmente al caer la tarde, pero mi viaje a Viena fue el último fin de semana de septiembre, así que había comenzado el Oktoberfest. Habían instalado casetas de cerveza, salchichas, dulces y otros puestos de comida típica; así que muchísima gente, la inmensa mayoría austriacos vestidos con el traje típico, se agrupaban en las mesas de madera para disfrutar de la fiesta.







En un principio llevábamos idea de cenar en el Oktoberfest, pero había muchísima gente y era muy complicado encontrar alguna mesa libre, por lo que al final decidimos ir al mismo restaurante que la otra noche: nuestro acogedor Bieriger.
Para evitar coger el metro, optamos por el típico tranvía de madera que todavía recorre algunas zonas de la ciudad.




Al día siguiente, a primera hora de la mañana dejé el hotel y cogimos el metro hacia el aeropuerto; allí tomamos el famoso desayuno de domingo austriaco mientras esperábamos que abrieran la puerta de embarque. Me despedí de Mireia, la mejor guía turística que podría haber tenido para conocer Viena, y le deseé lo mejor para su año Erasmus. 
A mí todavía me quedaban más de siete horas de viaje entre vuelo y escalas, que al final se convirtieron en algo más de diez horas, pero puedo decir que me llevo un gran recuerdo de este viaje y, por supuesto, de Viena. 


 



Bis bald, Wien!

Chelo Caballero  

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1 comentarios

  1. Me ha encantado leer tu diario de viaje a Viena =) Justamente acabo de volver de allí y conocer tus impresiones y reconocer los lugares donde estuve me ha traído buenos recuerdos. Un abrazo! =)

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